/ lunes 4 de marzo de 2019

A Doble Espacio


A las marchas asisten quienes no tienen otra opción, como los maestros sindicalizados. Los ciudadanos ya encontraron otras formas de canalizar sus protestas y muchas veces estas nuevas formas han resultado efectivas. Más que las marchas, desde luego.

Recientemente fue convocada una “magamarcha ciudadana”, con todos vestidos de blanco y esperaban que acudieran miles de inconformes a impresionar a gobierno en turno. Nadie acudió. ¿Por qué? ¿Acaso no están inconformes con el estado de cosas?

No es eso, evidentemente. Lo que sucede es que una marcha recibe el repudio de quienes deben circular por las calles porque van a su trabajo, a la escuela, a cumplir con obligaciones indispensables. No quieren formar contingentes que ellos mismos reprueban.

Las marchas tienden a pasar de moda, sustituidas por el teclado del celular o de la computadora. Me dirá usted que hubo una marcha de maestros. Cierto, donde pasan lista y lanzan amenazas contra quien falte. Eso no cuenta.

Las protestas en las redes han tumbado funcionarios y, en otros casos, los han convertido en apestados políticos. Y esta forma de comunicación social ha llegado para transformar a la sociedad misma, para conducirla por rumbos impredecibles.

Los políticos les temen a las redes, no a las marchas, porque saben que las marchas reciben el repudio ciudadano. La comunicación cambió de instrumentos y de efectos, para bien y para mal de la sociedad, aunque la balanza se inclina un poco más a los beneficios, porque cada vez va a ser más difícil engañar a los medianamente enterados porque los fanatizados seguirán igual.

Antes, la gran idea era “vamos a hacer una marcha y un plantón”. Ahora esa gran idea podría ser sustituida por “vamos a hacer una serie de memes”. Y una marcha de memes sí sería peligrosa, en serio.


A las marchas asisten quienes no tienen otra opción, como los maestros sindicalizados. Los ciudadanos ya encontraron otras formas de canalizar sus protestas y muchas veces estas nuevas formas han resultado efectivas. Más que las marchas, desde luego.

Recientemente fue convocada una “magamarcha ciudadana”, con todos vestidos de blanco y esperaban que acudieran miles de inconformes a impresionar a gobierno en turno. Nadie acudió. ¿Por qué? ¿Acaso no están inconformes con el estado de cosas?

No es eso, evidentemente. Lo que sucede es que una marcha recibe el repudio de quienes deben circular por las calles porque van a su trabajo, a la escuela, a cumplir con obligaciones indispensables. No quieren formar contingentes que ellos mismos reprueban.

Las marchas tienden a pasar de moda, sustituidas por el teclado del celular o de la computadora. Me dirá usted que hubo una marcha de maestros. Cierto, donde pasan lista y lanzan amenazas contra quien falte. Eso no cuenta.

Las protestas en las redes han tumbado funcionarios y, en otros casos, los han convertido en apestados políticos. Y esta forma de comunicación social ha llegado para transformar a la sociedad misma, para conducirla por rumbos impredecibles.

Los políticos les temen a las redes, no a las marchas, porque saben que las marchas reciben el repudio ciudadano. La comunicación cambió de instrumentos y de efectos, para bien y para mal de la sociedad, aunque la balanza se inclina un poco más a los beneficios, porque cada vez va a ser más difícil engañar a los medianamente enterados porque los fanatizados seguirán igual.

Antes, la gran idea era “vamos a hacer una marcha y un plantón”. Ahora esa gran idea podría ser sustituida por “vamos a hacer una serie de memes”. Y una marcha de memes sí sería peligrosa, en serio.

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