/ domingo 10 de marzo de 2019

La raíz del mal


México es el país de la abundancia. Entre otras cosas abunda la desigualdad, la discriminación, el autoengaño. Sé que para las almas sensibles es preferible mencionar lo bueno, hablar sólo de las cosas que nos llenan de orgullo y no estar metiendo el dedo en la llaga. Es muy incómodo hacerle frente a nuestros defectos, pero si no los ponemos a la vista de nuestra consciencia, no podemos erradicarlos; es una terapia corrosiva —cura de caballo—, pero con buenos resultados.

Todas las cosas tienen una razón y todos sabemos que el carácter de un pueblo se induce, se diseña, se manipula, sobre todo si es un pueblo sin lectura. Para lograr el sometimiento hay que penetrar la consciencia; hay que romper su natural honestidad intelectual y procurar que el sujeto se autoengañe y acepte vivir en una mentira que siempre va considerar como una verdad irrefutable; es decir en una alucinación; cuando esto se logra, el trabajo está hecho porque nada se interpone entre el diseñador y el objeto de su obra.

Todo esto viene a colación porque el ocho de marzo pasado se celebró el día internacional de la mujer y hacer una celebración de este tipo, no es que me parezca malo, pero es aceptar que la mujer es un ente distinto al hombre y que debemos luchar para que obtengan ciertos derechos. Creo que estamos tratando el asunto desde un ángulo equivocado porque no vamos —o no queremos ir— a la raíz del mal. En mi opinión sería mejor celebrar el día de la Especie Humana.

Para aclarar este asunto les recuerdo que vivimos en un universo de dualidades: frío calor; blanco negro… físicamente el ser humano está hecho de una parte izquierda y otra derecha. Por si alguien no se ha dado cuenta tenemos una mano, un pie, una oreja, un ojo, un hemisferio del cerebro, etc., de un lado y su par del otro; por supuesto, existen algunas diferencias. Si miramos al ser humano como debe ser, con altura de miras, encontraremos que es una especie conformada de dos partes: mujer y hombre, UNA SOLA ENTIDAD. La naturaleza así lo dispuso y ninguna parte es mejor que la otra. Las dos se complementan; ninguna puede tener hijos por sí sola. Digo, biológicamente y sólo lo hacen a través del exquisito, milenario, cortés, agradable, delicado, complaciente y placentero acto de la copulación.

El ser humano, como especie, está constituido de dos partes: hombre y mujer, o mejor así: mujer y hombre, y es un absurdo moral e intelectual y todas las variantes que pueda tener el término absurdo, que una de sus partes lastime a la otra. ¡Es autoagredirse!

En un universo dual, el respeto y las consideraciones para la otra parte de uno, deberían darse por derecho natural, sin necesidad de leyes, porque sin la otra mitad no hay hijos, no hay familia, no hay especie.

Por desgracia tenemos que hacer leyes y aunque en muchos casos no sirven para nada, la ley es un esfuerzo para prevalezca la decencia y el respeto.

La política y la religión han contribuido a este absurdo terrible: la clase política ha pecado cuando menos de omisión, cuando no hacen lo necesario para proteger a las mujeres y difícilmente permite que incursionen en su feudo.

Por su parte la religión, en especial la católica, por decreto canónico, usa a las mujeres como empleadas sin sueldo, como carne de alcoba, como propagandistas de su negocio, pero no las dejan escalar en la jerarquía eclesiástica; sólo llegan a “madres” y, eso vale una monja. La iglesia católica, las ha violado, torturado, asesinado, las ha chamuscado vivas en las llamas de espíritu santo y mantiene una clara aversión en su liturgia, porque así lo ordena su libro sagrado que está plagado de citas misóginas. El mismo Cristo fue un grosero bien hecho con su propia madre. No obstante, hay que decirlo, las mujeres son las más adictas a esa farsa alucinante que es el catolicismo.

Sólo un ejemplo: el 31 de diciembre de 1930 el Papa Pío XI, Achille Damiano Ambrogio Ratti, publicó su encíclica “Del matrimonio casto” (Casti connubii) en donde asegura que la mujer es un ente inferior y recordemos que los papas, no se equivocan, porque reciben por WhatsApp espiritual, directo de dios, la orden de lo que deben hacer o decir. Transcribo este fragmento que es una joya de la misoginia:

«Todos los que empañan el brillo de la fidelidad y castidad conyugal, como maestros que son del error, echan por tierra (…) la fiel y honesta sumisión de la mujer al marido; y muchos de ellos se atreven todavía a decir, con mayor audacia, que es una indignidad la servidumbre de un cónyuge para con el otro; que, al ser iguales los derechos de ambos cónyuges, defienden presuntuosísimamente que por violarse estos derechos, a causa de la sujeción de un cónyuge al otro, se ha conseguido o se debe llegar a conseguir una cierta emancipación de la mujer. Distinguen tres clases de emancipación, (…) social, económica y fisiológica: fisiológica, porque quieren que las mujeres, a su arbitrio, estén libres o que se las libre de las cargas conyugales o maternales propias de una esposa (emancipación ésta que ya dijimos suficientemente no ser tal, sino un crimen horrendo); económica, porque pretenden que la mujer pueda, aun sin saberlo el marido o no queriéndolo, encargarse de sus asuntos, dirigirlos y administrarlos haciendo caso omiso del marido, de los hijos y de toda la familia; social, finalmente, en cuanto apartan a la mujer de los cuidados que en el hogar requieren su familia o sus hijos, para que pueda entregarse a sus aficiones, sin preocuparse de aquéllos y dedicarse a ocupaciones y negocios, aun a los públicos.»

El infalible representante de dios dice que la mujer no puede emanciparse, no puede ser independiente y si lo fuera sería un “crimen horrendo”. No sé si haya alguien que dude de que el ultraje que sufren las mujeres, es culpa de la religión, y a la discusión me someto.

Esto es lo que debemos discutir, para acabar con la discriminación y los feminicidios tenemos que poner en la balanza el valor de la religión: su utilidad, su costo y los males que provoca; abrir el gran debate, como un homenaje a la decencia y a la honestidad intelectual porque ahí está la raíz del mal.


México es el país de la abundancia. Entre otras cosas abunda la desigualdad, la discriminación, el autoengaño. Sé que para las almas sensibles es preferible mencionar lo bueno, hablar sólo de las cosas que nos llenan de orgullo y no estar metiendo el dedo en la llaga. Es muy incómodo hacerle frente a nuestros defectos, pero si no los ponemos a la vista de nuestra consciencia, no podemos erradicarlos; es una terapia corrosiva —cura de caballo—, pero con buenos resultados.

Todas las cosas tienen una razón y todos sabemos que el carácter de un pueblo se induce, se diseña, se manipula, sobre todo si es un pueblo sin lectura. Para lograr el sometimiento hay que penetrar la consciencia; hay que romper su natural honestidad intelectual y procurar que el sujeto se autoengañe y acepte vivir en una mentira que siempre va considerar como una verdad irrefutable; es decir en una alucinación; cuando esto se logra, el trabajo está hecho porque nada se interpone entre el diseñador y el objeto de su obra.

Todo esto viene a colación porque el ocho de marzo pasado se celebró el día internacional de la mujer y hacer una celebración de este tipo, no es que me parezca malo, pero es aceptar que la mujer es un ente distinto al hombre y que debemos luchar para que obtengan ciertos derechos. Creo que estamos tratando el asunto desde un ángulo equivocado porque no vamos —o no queremos ir— a la raíz del mal. En mi opinión sería mejor celebrar el día de la Especie Humana.

Para aclarar este asunto les recuerdo que vivimos en un universo de dualidades: frío calor; blanco negro… físicamente el ser humano está hecho de una parte izquierda y otra derecha. Por si alguien no se ha dado cuenta tenemos una mano, un pie, una oreja, un ojo, un hemisferio del cerebro, etc., de un lado y su par del otro; por supuesto, existen algunas diferencias. Si miramos al ser humano como debe ser, con altura de miras, encontraremos que es una especie conformada de dos partes: mujer y hombre, UNA SOLA ENTIDAD. La naturaleza así lo dispuso y ninguna parte es mejor que la otra. Las dos se complementan; ninguna puede tener hijos por sí sola. Digo, biológicamente y sólo lo hacen a través del exquisito, milenario, cortés, agradable, delicado, complaciente y placentero acto de la copulación.

El ser humano, como especie, está constituido de dos partes: hombre y mujer, o mejor así: mujer y hombre, y es un absurdo moral e intelectual y todas las variantes que pueda tener el término absurdo, que una de sus partes lastime a la otra. ¡Es autoagredirse!

En un universo dual, el respeto y las consideraciones para la otra parte de uno, deberían darse por derecho natural, sin necesidad de leyes, porque sin la otra mitad no hay hijos, no hay familia, no hay especie.

Por desgracia tenemos que hacer leyes y aunque en muchos casos no sirven para nada, la ley es un esfuerzo para prevalezca la decencia y el respeto.

La política y la religión han contribuido a este absurdo terrible: la clase política ha pecado cuando menos de omisión, cuando no hacen lo necesario para proteger a las mujeres y difícilmente permite que incursionen en su feudo.

Por su parte la religión, en especial la católica, por decreto canónico, usa a las mujeres como empleadas sin sueldo, como carne de alcoba, como propagandistas de su negocio, pero no las dejan escalar en la jerarquía eclesiástica; sólo llegan a “madres” y, eso vale una monja. La iglesia católica, las ha violado, torturado, asesinado, las ha chamuscado vivas en las llamas de espíritu santo y mantiene una clara aversión en su liturgia, porque así lo ordena su libro sagrado que está plagado de citas misóginas. El mismo Cristo fue un grosero bien hecho con su propia madre. No obstante, hay que decirlo, las mujeres son las más adictas a esa farsa alucinante que es el catolicismo.

Sólo un ejemplo: el 31 de diciembre de 1930 el Papa Pío XI, Achille Damiano Ambrogio Ratti, publicó su encíclica “Del matrimonio casto” (Casti connubii) en donde asegura que la mujer es un ente inferior y recordemos que los papas, no se equivocan, porque reciben por WhatsApp espiritual, directo de dios, la orden de lo que deben hacer o decir. Transcribo este fragmento que es una joya de la misoginia:

«Todos los que empañan el brillo de la fidelidad y castidad conyugal, como maestros que son del error, echan por tierra (…) la fiel y honesta sumisión de la mujer al marido; y muchos de ellos se atreven todavía a decir, con mayor audacia, que es una indignidad la servidumbre de un cónyuge para con el otro; que, al ser iguales los derechos de ambos cónyuges, defienden presuntuosísimamente que por violarse estos derechos, a causa de la sujeción de un cónyuge al otro, se ha conseguido o se debe llegar a conseguir una cierta emancipación de la mujer. Distinguen tres clases de emancipación, (…) social, económica y fisiológica: fisiológica, porque quieren que las mujeres, a su arbitrio, estén libres o que se las libre de las cargas conyugales o maternales propias de una esposa (emancipación ésta que ya dijimos suficientemente no ser tal, sino un crimen horrendo); económica, porque pretenden que la mujer pueda, aun sin saberlo el marido o no queriéndolo, encargarse de sus asuntos, dirigirlos y administrarlos haciendo caso omiso del marido, de los hijos y de toda la familia; social, finalmente, en cuanto apartan a la mujer de los cuidados que en el hogar requieren su familia o sus hijos, para que pueda entregarse a sus aficiones, sin preocuparse de aquéllos y dedicarse a ocupaciones y negocios, aun a los públicos.»

El infalible representante de dios dice que la mujer no puede emanciparse, no puede ser independiente y si lo fuera sería un “crimen horrendo”. No sé si haya alguien que dude de que el ultraje que sufren las mujeres, es culpa de la religión, y a la discusión me someto.

Esto es lo que debemos discutir, para acabar con la discriminación y los feminicidios tenemos que poner en la balanza el valor de la religión: su utilidad, su costo y los males que provoca; abrir el gran debate, como un homenaje a la decencia y a la honestidad intelectual porque ahí está la raíz del mal.

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