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Homenaje por mis 60 años

  • Hernán Becerra

 

 

 

En la Casa del Poeta Ramón López Velarde se presentaría mi libro Crónica de un desayuno con Echeverría en el marco del homenaje por mis 60 años. A todos les di mi libro pero optaron por las recordanzas hacía mi persona. Estuvieron el senador Zoé Robledo Aburto, la exdiputada federal Lourdes Valdez Galán, el Dr. Eduardo Luis Feher y yo. Cada uno habló largo y tendido. La primera en tomar el micrófono fue la licenciada Valdez a quien yo llamo de cariño La Pequeña Lulú, haciendo memoria de aquel cómic que leíamos en la juventud ella y yo allá en nuestro Tapachula. Ella dijo, “supe que llegó Hernán a la ciudad de México cargando su pequeña grabadora y allí traía todo su dinero mismo que le robaron”. Dijo, que cuando iba a entrar a la UNAM me dijeron que no me podía inscribir en la Facultad de Derecho porque había derecho en la universidad de San Cristóbal de Las Casas. Por lo que tuve que inscribirme en sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. “Después se le dio la oportunidad de inscribirse en la Facultad de Derecho” -aseveró mi amiga la exdiputada federal-. De modo que tres veces hice mi examen en la UNAM y tres veces lo pasé para estudiar sociología, para estudiar la maestría en Estudios Latinoamericanos con especialidad en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y después hice mi examen de admisión para estudiar Derecho en la Facultad de Derecho de la UNAM.

Después le tocó su turno al senador Robledo y dijo, que su ponencia estaba dividida en seis partes, una por cada década de mi vida. Ponencia que próximamente publicaré. Al final dijo, “queremos más Hernán Becerra Pino y menos Julión Álvarez”.

Al final, le tocó la palabra al Dr. Eduardo Luis Feher, maestro emérito de la Facultad de Derecho de la UNAM, quien como el senador llevaba su ponencia escrita y que también luego publicaré. Ante un bar Las Hormigas lleno, ahí se habían dado cita los alumnos del profesor Feher y mis alumnos; los dos de la Facultad de Derecho de la UNAM. Me cedieron la palabra y ahí rememoré -ya que en ese momento hizo acto de presencia mi hermana, la geronto-psiquiatra Margarita Becerra Pino- mi infancia. Dije, Marco Aurelio Carballo dice en uno de sus escritos llamado “El Cachuco Ronco” que llegó a alguien que decía era guatemalteco y a los de ese país se les conoce como cachuco y ronco porque así hablaba. El Cachuco Ronco no era ni más ni menos que el “Che” Guevara. Cachuco por guatemalteco y ronco porque era asmático. El “Ché” vivió tres meses en Tapachuila, algunos dicen que fueron seis meses en un hotelito de madera donde ahora está una plaza comercial contra esquina del kínder Las Garcitas de Tapachula. Dijo Marco Aurelio que llegaba a la Cruz Blanca a degustar sus tamales tradicionales chiapanecos que se hacía con las recetas de mi abuela Adela, ya que ella era la dueña de la Cruz Blanca. Acompañado con el delicioso café chiapaneco del establecimiento. Interesante anécdota que alegró y conmovió a todos, sobre todo a la Dra. Patricia Ramos Kelly quien junto con Ramoncito llegaron de Los Mochis, Sinaloa.

Al final se sirvieron buenos vinos que ofrecimos el senador y yo. Unos bocadillos que preparó José Ramón Vázquez en mi departamento, exquisitos. Y un pastel muy rico de una pastelería que acaba de cumplir noventa años. Que cuando se abrió llegaba a comprar sus pasteles ahí don Álvaro Obregón. Curiosamente estábamos en la calle que lleva su nombre con el número 73, colonia Roma. Me cantaron Las Mañanitas y partí el pastel de betún blanco por fuera y pasta de chocolate por dentro. Una delicia.