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Olga Peña Leyva

  • Hernán Becerra

Olga Peña Leyva

SOCIOLOGÍA, EROTISMO Y MIGRACIÓN

(Sexta parte)

 

 

Dinero maldito que nada vales

Pasó el tiempo. La relación, aunque epistolar, transcurría promisoria. Ella me hablaba y escribía con frecuencia, y yo le respondía de la misma manera. Generalmente me pedía que fuera a sus brazos. Sostenía que no podía vivir sin mí. Y hasta clamó: “Casémonos ya”. Era tan persuasiva y demandante —mujer acostumbrada a mandar— que yo se lo creí y empecé a preparar mi viaje a Las Vegas para contraer nupcias por las tres leyes. Así es que, un buen día, me fui a los Estados Unidos. Pero antes pasé a Mazatlán para —vanidad de las alas doradas— broncearme y gustarle más. Precisamente desde ahí le hablé. Pero —oh, caprichosa fortuna— sentí su voz cambiada. Me dijo con tono displicente que me fuera en camión para que sufriera lo que ella sufrió cuando viajó de México a Tijuana. Y —cosa de mujeres— deploró haber engordado desde la última vez que nos vimos.

—¿Sí? —cuestioné con asombro.

—Sí, —dijo riendo— pero de la cintura para abajo. Es que estoy embarazada —bromeó.

Yo, de todos modos no se lo creí. Pero me quedó el gusanito de la duda. Después, me dijo que mejor me regresara a la Ciudad de México porque sus papás iban a pasar unas vacaciones con ella y no quería que supieran nada.

Pero yo no estaba dispuesto a que jugara conmigo, y le dije que ya había comprado mi boleto de avión de Mazatlán a Las Vegas, que salía al día siguiente y que no pensaba cambiarlo. Entonces, con tono retador, me dijo:

—Está bien, vente.

La amenaza implícita en su forzada aceptación a mi viaje me desazonó y la tristeza acabó por apoderarse de mí. A la mañana siguiente, tal como lo había planeado, salí a Los Ángeles. Ahí tomé otro avión a Las Vegas. Llegué a las tres de la tarde, cuando reverbera el calor del desierto y el sopor aturde. Ella, por supuesto, no estaba en el aeropuerto, como quedamos. Así es que hablé por teléfono a su casa. Contestó una amiga que vivía con ella, quien me dijo:

—Linda no está.

—¿No? Ok. Está bien —respondí—. Sólo dígale, por favor, que estoy esperándola en el aeropuerto.

—¿Quién habla?

Colgué. No revelé mi identidad ¿Para qué? Se supone que ella estaba enterada de mi arribo. Dos horas después, hablé de nuevo. Ahora me contestó su hermana, que también vivía con ella, y quien me dijo:

—Linda no ha llegado.

Así es que hablé cada hora, hasta las ocho de la noche.

—Ahora sí, ya fue por ti —dijo, al fin, su amiga.

En efecto, Linda fue por mí a las diez de la noche, pero llegó acompañada por un amigo de su hermana. Yo estaba conversando con un mexicano que tenía varios años de vivir en los Estados Unidos y ahora que le habían dado su mica podía entrar y salir a la hora que se le pegara la gana. Linda y su acompañante llegaron justo cuando yo confiaba al paisano lo que pasaba. Y él me dijo que ya conocía a este tipo de mujeres. Lo comprobó por la frialdad con que Hermelinda me saludó—. ¿Cómo era posible que mi prometida ni siquiera me extendiera la mano, y más aún, me privara de un beso y todo signo de afecto? El amigo con que conversaba volteó la cara hacia mí con discreción, y musitó:

—En dónde te fuiste a meter, mano.

Dado lo gélido de la recepción, no lo presenté, me despedí de él, tomé mis maletas y nos fuimos a la casa de Hermelinda. Ella iba en el auto con un rostro hierático, impenetrable, como el de esas figurillas egipcias falsas que venden al turismo en los bazares de El Cairo.

Llegamos a su departamento, bajé mis bártulos y, dada su incómoda y desagradable indiferencia propuse ir a un lugar donde pudiéramos hablar a solas. Ella, como si le importara poco el tema que trataríamos, sugirió ir a su coche. Salimos, y después de dar algunos pasos alrededor del edificio, nos subimos al viejo y maltratado automóvil. Ella tomó asiento frente al volante, y yo a su lado.

—Dime —dijo lacónica la mamona mujer.

—Bueno, ¿qué es lo que pasa? —reclamé urgente y contrariado.

Su respuesta fue un prolongado silencio que agregó densidad a las negras atmósferas de la noche y que como en las películas de misterio, exaltó la ambigüedad psicológica de una enigmática mujer, profunda y misteriosa, que parecía provenir del continente asiático.

—¿Qué me ocultas?, ¿qué te ha pasado?, ¿por qué has cambiado conmigo de esa manera justo ahora que estoy a tu lado? —reclamé.

—Ay, no sé, mi vida —respondió elusiva—. Creo que es el diablo —en su boca sensual Satanás era algo más que una ocurrencia—. Hablé con el pastor de mi iglesia, y me dijo que a lo mejor es el diablo —agregó como para que no cupiera duda—. Pero pronto saltó el peine: —Bueno, conocí a un joven… —admitió asumiendo parcialmente su perfidia.

—¡Ah, es eso! —exclamé.

—Sí —repuso—. Es alto, joven, guapo y de Sinaloa…

—Tú sabrás lo que haces —advertí—. Pero dime, ¿por qué no me lo dijiste antes de que saliera de México, para que no hubiera tenido necesidad de gastar tanto dinero y venir hasta aquí? —cuestioné colérico.

—No —atajó para que no siguiera mi recriminación—. Mira, amor —agregó con voz meliflua—, lo que quiero es que te vayas a un hotel por uno, dos o tres días. Así, yo te voy a visitar.

—¿Y después?

—No sé, mi vida —repuso como pez enjabonado.

—Mira, no estoy jugando —dije determinante—. Así es que, si tú me mandaste llamar invitándome a vivir contigo, aquí me quedo.

—Pero el problema es que si se llega a enterar el otro… —dejó la adúltera en puntos suspensivos un posible desenlace fatal.

—Si se entera, qué importa —reté—. Me voy a quedar contigo —resolví. Vamos a vivir juntos, ¿no?

—¿Y si nos casamos y nos vamos lejos de aquí? —preguntó como buscando una salida foránea al conflicto.

—Pues, nos casamos y nos vamos lejos de aquí —acepté en primera instancia.

—No, —pareció arrepentirse—. ¿Pero qué diría mi familia? —dudó—. No, no —empezó a llorar—. Yo estoy segura que es el diablo.

—¿Quién?

—El otro —dijo atribuyéndose a su nuevo amante el principio del mal—. Tan bien que estábamos, ¿verdad amor? —preguntó, y me tomó de la mano.

—Te quiero Linda —devolví verbalmente mi respuesta como un impulso vital.

Ella, la de los ojos grandes, quedó un momento con la mirada fija en el parabrisas. En la retina, como en un sueño, transcurrían los momentos felices que habíamos vivido desde nuestro casual encuentro en Mazatlán y Acapulco. Después, como cruda vuelta a la realidad, preguntó:

—Pero tú, ¿cuánto dinero tienes?, ¿cuánto trajiste? ¿Con cuánto cuentas para que nos casemos?

—Traigo como ochocientos dólares —estimé—. Tú bien sabes lo que cuesta el viaje en avión, el hotel, la comida… En eso gasté el resto.

—Uy, no —deploró metálica, constante y sonante.

—Pero mira, mi amor —argumenté—, soy joven, tengo ilusiones y fuerzas para trabajar en lo que sea, con tal de estar a tu lado.

—No, pues no, así no —respondió categórica, ¿para qué andarse por las ramas?

Yo, en cambio, como pájaro herido, saltaba de una a otra rama para no hacer flagrante mi falta de recursos:

—Pero qué frío está haciendo. Y yo, que ando con este suéter tan poco abrigador. Mira, estoy tiritando y echo vaho por la boca. ¿Por qué no pones la calefacción?

—La calefacción, no sirve —respondió. Para mostrarlo movió una palanca del tablero, para arriba y para abajo, y nada.

becerra_hernan@yahoo.com.mx