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Olga Peña Leyva: La hembra

  • Hernán Becerra

 

SOCIOLOGÍA, EROTISMO Y MIGRACIÓN

 

 

(tercera parte)

El próximo lejano

Pasó el tiempo. Contra mi voluntad, demoré en contestarle. Mis obligaciones académicas postergaron lo que quise fuera una respuesta inmediata, absorto en la elaboración crítica de un ensayo sociológico sobre el agravamiento de la pobreza extrema en México que provoca la expulsión anual de miles de mexicanos a los Estados Unidos. Y también sobre el racismo kukuxklanesco en la Unión Americana que evita todo intento por alcanzar un acuerdo migratorio benéfico para ambas naciones. Al fin le envié unas cuantas líneas que por su laconismo desconcertaron a Linda, quien pensó que nuestro apasionado encuentro en Mazatlán había sido consumido por el fuego. Así me lo hizo notar en una carta que recibí después en la que me dijo que -a pesar de todo- ella sí me extrañaba mucho y aún más, que no podía vivir sin mí. A vuelta de correo reiteré mis promesas de amor y pedí que se tranquilizara. Pero no bastó. Porque más tarde, asumido por ella que de nuestro amor no quedaban sino cenizas, una tarde nublada recibí una llamada telefónica para mi sorpresa procedente no de Mazatlán, Sinaloa, sino de Las Vegas, Nevada. Me dijo que se encontraba allá porque había llevado a su hermana la menor para que trabajara y ganara algún dinero. Pero que ella quería arreglar sus papeles aprovechando un programa parcial de regularización para inmigrantes dispuesto por las autoridades, ya que mucha gente estaba legalizando su residencia de esa manera. Yo la escuché con asombro, pero también con melancolía. Y cuando digerí el imprevisto anuncio, exclamé para mí: “Ay, Linda se aburrió de esperarme y se fue de bracera”. En efecto, en cartas posteriores admitió que, al margen del dolor que le causaba la enorme distancia geográfica que ahora nos separaba, ella emigró de México a Estados Unidos atraída por la posibilidad de mejorar su más que austera condición económica con los dólares que pudiera ganar enrolada en la infantería de braceros mexicanos que, dedicados a levantar las cosechas frutales, han hecho del florido campo de California pilar de la octava economía del mundo.

Las hojas del calendario continuaron desprendiéndose. Pero nos escribíamos. Un día de plano me dijo que la fuera a ver. Y un invierno, en plenas vacaciones de fin de año, fui a visitarla a Las Vegas. Tomé un autobús en la Central del Norte de la Ciudad de México y partí. Al llegar a esa ciudad de Nevada, le hablé por teléfono, y no sé por qué pero la escuché cambiada, elusiva. ¿Era el prójimo lejano que cantara Octavio Paz?

—¿Ya te hospedaste? —fue lo primero que me preguntó.

Me extrañó que preguntara eso. Porque cuando me habló por teléfono me dijo que ya tenía departamento con teléfono y todo. Y ahora resulta que cuidaba al niño de la hermana para ganarse casa y comida de esta manera.

—No, pero recomiéndame algún lugar.

—Mira, al salir de la terminal de los autobuses hay algunos hoteles. Pero son de paso, ya tú sabes.

—Bueno, nos vemos. Me voy a hospedar; luego te hablo.

—Sí, para que te vaya a ver.

En efecto, no tuve necesidad de caminar mucho. Al salir de la Greyhound, en el downtown de Las Vegas, encontré un pequeño motel. Entré y me hospedé sin contratiempos. Pagué doce o dieciocho dólares —ya no recuerdo bien—, pero era barato. Al poco rato hablé por teléfono con Linda para darle el nombre del sitio y el número de mi habitación.

En las primeras horas de la noche llegó toda emperifollada y despampanante, tocó la puerta del cuarto, le abrí y —”¿para qué tan vestida, Linda?”, pensé— de inmediato saltamos a la cama. Pero no obstante el buen rato que pasamos, estuvimos distantes. Tanto que al término del acto ella se arregló para irse. Sus aprestos me desazonaron. Rondaron por mi mente amargas conjeturas. Mientras se vestía y peinaba frente a un espejo, concluí, que era una mujer que entregaba su amor a medias. ¿No se queda conmigo toda la noche por el qué dirán en su familia? ¿Acaso porque no quiere romper “el encanto de sus cañaverales”, es decir, dar su cuerpo y no darlo al mismo tiempo para disponer siempre de una reserva? ¿Se trata de un amor con cálculo? De ser así imaginé lo que pensaría: “Si te doy todo, ¿después con qué me quedo y, sobre todo, con qué manipulo?”. Era dar un poco de agua al sediento, pensé. Seguramente desde niña escuchó en su casa las viejas y gastadas palabras del “poquito porque es bendito”. Volví a la realidad.

—Antes de que te vayas, mira lo que te traje —dije.

—¿Qué cosa es?

—Joyería a base de piedras “preciosas”: ópalos, aguas marinas, ojos de tigre y acerinas engarzadas en broches, aretes, collares, pulseras y dijes. Suma varias docenas.

—¿Y cuánto te costó todo esto?

—Bueno, más o menos…

—Dímelo en dólares.

—Fueron, déjame ver, un poco más de doscientos dólares.

—Ah, qué bueno. Ya sé a quiénes se las voy a vender.

Comprobé que siempre vi el signo de pesos en la frente de Hermelinda. También que era muy ambiciosa. Ni besos ni arrumacos me quitaron eso de la cabeza cuando nos despedimos. Tampoco su salida presurosa en taxi a casa “porque ya se me hace tarde”. Le alcanzó el tiempo apenas para garrapatear con lápiz la dirección de su domicilio en un papelito que dejó sobre el buró a un lado de la lámpara.

De pronto me quedé solo sin poder conciliar el sueño. Pasé la noche pensando en que, si era verdad que ella me quería, ¿por qué no se quedó conmigo? Así transcurrió la noche, hasta que en la madrugada me dormí. Al otro día, por teléfono le dije:

—Dejaste olvidada aquí tu pantaleta.

—Tírala a la basura —ordenó, como si no le importara el destino de una prenda íntima, para mí no trofeo de caza sino símbolo de nuestro amor.

—Pero es nueva.

—No importa, compró otra —resolvió nada sentimental.

Sin embargo, recordé que cuando hacíamos el amor ella se entregaba, y después, cuando ya todo había terminado, me abrazaba y decía suspirando:

—Ay mijo, ay mijo —expresión rural entre mujeres que, en la trasgresión del goce sexual, confunden al amante con el hijo, resabio del viejo matriarcado, o al amante con el padre, resabio de un patriarcado en extinción.

becerra_hernan@yahoo.com.mx