/ sábado 16 de mayo de 2020

¿Cuándo surgieron los cubrebocas?

Hace más de un siglo sólo eran amuletos para alejar una influencia maléfica, ahora es un referente de protección

PARÍS. Atemorizada por la propagación de una enfermedad contagiosa, la población mundial se precipita sobre mascarillas improvisadas, pese a que los expertos dudan de su utilidad.

Aunque suene familiar, esta historia tuvo lugar hace más de un siglo durante la "peste de China".

La idea de que una enfermedad pueda transmitirse de una persona a otra existe desde al menos el siglo XVI en tanto que "teoría médica seria", explicó William Summers, experto en historia de medicina de la Universidad de Yale.

En esa época, sin embargo, las mascarillas eran "más bien amuletos destinados a alejar una influencia maléfica", según Summers.

Pero a mediados del siglo XIX, la identificación de los microbios permitió elaborar "teorías de los gérmenes" para explicar los mecanismos de infección.

Así, en los años 1890, las mascarillas aparecieron en las salas de operación. Y fue en ese momento cuando una epidemia de peste emergió en Hong Kong, antes de propagarse.

Esta pandemia bautizada la "peste de China", llegó en 1910 a Manchuria. Con una tasa de mortalidad de casi 100%, se temía que la enfermedad viajara a través de las nuevas líneas ferroviarias y llegara a Pekín e incluso a Europa.

Wu Lien Teh, un joven doctor nacido en Malasia y formado en Cambridge, viajó a Manchuria y trató de convencer a sus colegas de que la peste no era solo bubónica y se transmitía mediante la mordedura de pulgas infectadas, sino también pulmonar.

Wu defendía que un enfermo de la peste pulmonar "podía transmitir la enfermedad a los demás por el aire, sin intervención de las pulgas", explica Lynteris. "Era innovador y escandaloso" e implicaba el porte de mascarilla, añade.

Pero en aquella época, los responsables sanitarios hacían frente a dos obstáculos mayores, según Summers.

El primero era político: el "caos" en Manchuria, cuyo control se disputaban los japoneses y los rusos frente a la dinastía Qing, en declive. El segundo era lograr que la población, acostumbrada a la medicina tradicional, aceptara un cambio basado en un hallazgo científico.

Pero un acontecimiento sacó a la población de su "letargo", explica Wu en su autobiografía: la muerte de su colega francés Gérald Mesny, pocos días después de contagiarse en un hospital que había visitado sin protección, puesto que no se había tomado en serio a su joven colega.

La demanda de mascarillas explotó. "Todo el mundo la llevaba en la calle, de diferentes formas", escribe Wu.


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Aunque suene familiar, esta historia tuvo lugar hace más de un siglo durante la "peste de China".

La idea de que una enfermedad pueda transmitirse de una persona a otra existe desde al menos el siglo XVI en tanto que "teoría médica seria", explicó William Summers, experto en historia de medicina de la Universidad de Yale.

En esa época, sin embargo, las mascarillas eran "más bien amuletos destinados a alejar una influencia maléfica", según Summers.

Pero a mediados del siglo XIX, la identificación de los microbios permitió elaborar "teorías de los gérmenes" para explicar los mecanismos de infección.

Así, en los años 1890, las mascarillas aparecieron en las salas de operación. Y fue en ese momento cuando una epidemia de peste emergió en Hong Kong, antes de propagarse.

Esta pandemia bautizada la "peste de China", llegó en 1910 a Manchuria. Con una tasa de mortalidad de casi 100%, se temía que la enfermedad viajara a través de las nuevas líneas ferroviarias y llegara a Pekín e incluso a Europa.

Wu Lien Teh, un joven doctor nacido en Malasia y formado en Cambridge, viajó a Manchuria y trató de convencer a sus colegas de que la peste no era solo bubónica y se transmitía mediante la mordedura de pulgas infectadas, sino también pulmonar.

Wu defendía que un enfermo de la peste pulmonar "podía transmitir la enfermedad a los demás por el aire, sin intervención de las pulgas", explica Lynteris. "Era innovador y escandaloso" e implicaba el porte de mascarilla, añade.

Pero en aquella época, los responsables sanitarios hacían frente a dos obstáculos mayores, según Summers.

El primero era político: el "caos" en Manchuria, cuyo control se disputaban los japoneses y los rusos frente a la dinastía Qing, en declive. El segundo era lograr que la población, acostumbrada a la medicina tradicional, aceptara un cambio basado en un hallazgo científico.

Pero un acontecimiento sacó a la población de su "letargo", explica Wu en su autobiografía: la muerte de su colega francés Gérald Mesny, pocos días después de contagiarse en un hospital que había visitado sin protección, puesto que no se había tomado en serio a su joven colega.

La demanda de mascarillas explotó. "Todo el mundo la llevaba en la calle, de diferentes formas", escribe Wu.


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