/ jueves 22 de octubre de 2020

Adiós Paul Leduc, el cineasta que dijo lo que pocos se atreven

Incendiario, provocador y profundamente independiente, así era Paul Leduc

Incendiario, provocador y profundamente independiente. Así era Paul Leduc, el director que demostró que se pueden hacer películas clásicas desde el terreno de la autodeterminación y que utilizó el mayor premio de su carrera para denunciar los errores que se han cometido en el cine mexicano de las últimas dos décadas.

Su partida a los 78 años se da cuando la industria cinematográfica nacional recibe duros golpes con recortes presupuestales al IMCINE y con la desaparición del Fidecine, un fideicomiso que ha sido medular para apoyar a las producciones mexicanas en un negocio donde Hollywood se lleva la rebanada más grande del pastel.

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“Nadie como Paul Leduc para definir la tragedia del cine mexicano”, asegura en entrevista Carlos Carrera, director de películas como La mujer de Benjamín (1992) y El crimen del padre Amaro (2003). “Paul dejó muy claro que el cine nacional de ahora se hace para los festivales o para la taquilla, no necesariamente para todos los mexicanos”, agrega el realizador.

Fue hace cuatro años cuando Leduc aprovechó el homenaje que le hizo la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas para poner el dedo en la llaga con un par de verdades que pocos se atreven a decir en público.

“Hace 70 años, el cine mexicano se veía. Aún se ve. El actual, no. El cine en México sigue siendo negocio, pero no para los cineastas mexicanos”.

Aquellas palabras pronunciadas en el Palacio de Bellas Artes, donde recibió un Ariel por su trayectoria de más de medio siglo, cimbraron a una industria que se jacta de tener la misma cantidad de películas que se producían en los años 40, cuando la Época de Oro era el nuevo Hollywood. Sin embargo, ante la incomodidad de muchos, Leduc dijo que de nada sirve producir más de 140 películas en un año si sólo un mínimo porcentaje de ellas se estrena en las salas. “Estamos premiando lo invisible”, comentó.

“Aquel discurso nos sorprendió muchísimo, más porque él era reacio a recibir premios. Nuestro pronóstico era que no lo aceptaría, pero al final lohizo y usó esa ventana de los Premios Ariel para hablar sobre cómo el cine mexicano está determinado por dinámicas comerciales injustas”, afirma Carrera.

Tan incendiaria fue aquella noche que hasta Canal Once interrumpió su transmisión de manera inesperada, justo cuando Leduc iba a la mitad de su discurso. Después, la televisora diría que se trató de un ajuste de tiempos y no de un intento de censura.

Para el exdirector de la Cineteca Nacional, Leonardo García Tsao, Leduc fue un cineasta que nunca se doblegó ni ante el Estado ni ante la iniciativa privada. “Fue un gran cineasta que siempre se mantuvo en el cine independiente: nunca hizo una película estatal ni una superproducción; fue alguien muy libre que siempre hizo lo que quiso. Un personaje muy propio que demostró que se pueden hacer clásicos desde la independencia”.

La primera actriz, Ofelia Medina, quien trabajó con él en la primera película que se hizo sobre Frida Kahlo, asegura que Leduc era “un genio” que dominaba todo lo que se necesita para ser cineasta, desde la técnica y la dramaturgia hasta la dirección de actores.

“Yo era amiga de Paul antes de que filmaramos Frida. De hecho, yo le propuse que hiciéramos esa película y fue así como comenzó esa gran aventura, una de las más maravillosas de mi carrera. Estoy muy triste porque tuve el privilegio de conocerlo bien.

Era un hombre discreto, humilde y hasta misterioso. Coherente en su pensamiento, su palabra y su obra”, dice Medina.

En estos tiempos aciagos para el sector cultural, especialmente para el cine, vale la pena recordar una reflexión de Paul Leduc: “La culpa es del público, que no quiere ver cine mexicano, se dice. Quizá en este caso así sea. El público de hoy no es el de antes, el de la Época de Oro, el del cine de estreno a cuatro pesos. Hoy no prefiere lo mexicano; hoy no le gusta lo mexicano. Hoy quizá ya no quiere ser mexicano. Cabe preguntar quién, cómo y por qué se formó así ese público”. Para ellos, Leduc dejó cintas como Frida, naturaleza viva, Reed, México Insurgente, ¿Cómo ves?, Latino Bar, y Cobrador: In god we trust.






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Incendiario, provocador y profundamente independiente. Así era Paul Leduc, el director que demostró que se pueden hacer películas clásicas desde el terreno de la autodeterminación y que utilizó el mayor premio de su carrera para denunciar los errores que se han cometido en el cine mexicano de las últimas dos décadas.

Su partida a los 78 años se da cuando la industria cinematográfica nacional recibe duros golpes con recortes presupuestales al IMCINE y con la desaparición del Fidecine, un fideicomiso que ha sido medular para apoyar a las producciones mexicanas en un negocio donde Hollywood se lleva la rebanada más grande del pastel.

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“Nadie como Paul Leduc para definir la tragedia del cine mexicano”, asegura en entrevista Carlos Carrera, director de películas como La mujer de Benjamín (1992) y El crimen del padre Amaro (2003). “Paul dejó muy claro que el cine nacional de ahora se hace para los festivales o para la taquilla, no necesariamente para todos los mexicanos”, agrega el realizador.

Fue hace cuatro años cuando Leduc aprovechó el homenaje que le hizo la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas para poner el dedo en la llaga con un par de verdades que pocos se atreven a decir en público.

“Hace 70 años, el cine mexicano se veía. Aún se ve. El actual, no. El cine en México sigue siendo negocio, pero no para los cineastas mexicanos”.

Aquellas palabras pronunciadas en el Palacio de Bellas Artes, donde recibió un Ariel por su trayectoria de más de medio siglo, cimbraron a una industria que se jacta de tener la misma cantidad de películas que se producían en los años 40, cuando la Época de Oro era el nuevo Hollywood. Sin embargo, ante la incomodidad de muchos, Leduc dijo que de nada sirve producir más de 140 películas en un año si sólo un mínimo porcentaje de ellas se estrena en las salas. “Estamos premiando lo invisible”, comentó.

“Aquel discurso nos sorprendió muchísimo, más porque él era reacio a recibir premios. Nuestro pronóstico era que no lo aceptaría, pero al final lohizo y usó esa ventana de los Premios Ariel para hablar sobre cómo el cine mexicano está determinado por dinámicas comerciales injustas”, afirma Carrera.

Tan incendiaria fue aquella noche que hasta Canal Once interrumpió su transmisión de manera inesperada, justo cuando Leduc iba a la mitad de su discurso. Después, la televisora diría que se trató de un ajuste de tiempos y no de un intento de censura.

Para el exdirector de la Cineteca Nacional, Leonardo García Tsao, Leduc fue un cineasta que nunca se doblegó ni ante el Estado ni ante la iniciativa privada. “Fue un gran cineasta que siempre se mantuvo en el cine independiente: nunca hizo una película estatal ni una superproducción; fue alguien muy libre que siempre hizo lo que quiso. Un personaje muy propio que demostró que se pueden hacer clásicos desde la independencia”.

La primera actriz, Ofelia Medina, quien trabajó con él en la primera película que se hizo sobre Frida Kahlo, asegura que Leduc era “un genio” que dominaba todo lo que se necesita para ser cineasta, desde la técnica y la dramaturgia hasta la dirección de actores.

“Yo era amiga de Paul antes de que filmaramos Frida. De hecho, yo le propuse que hiciéramos esa película y fue así como comenzó esa gran aventura, una de las más maravillosas de mi carrera. Estoy muy triste porque tuve el privilegio de conocerlo bien.

Era un hombre discreto, humilde y hasta misterioso. Coherente en su pensamiento, su palabra y su obra”, dice Medina.

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